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Inteligencia artificial y formación profesional: cuando responder no siempre significa saber

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Negarlo sería tan errado como asegurar que internet, hace algunas décadas, no transformó la manera en que accedemos al conocimiento. Hoy, herramientas capaces de responder preguntas complejas, resolver ejercicios, redactar informes o explicar conceptos en segundos forman parte de la vida cotidiana de millones de estudiantes y profesionales.

Por Dr. Carlos Colángelo – Presidente del Consejo Profesional de Química de la Provincia de Buenos Aires (CPQ-PBA)

El verdadero debate no pasa por la existencia de estas herramientas, sino por el uso que hacemos de ellas.

Cada vez con mayor frecuencia, docentes universitarios, institutos terciarios y centros de formación técnica expresan una preocupación que comienza a repetirse en distintos ámbitos académicos. Muchos estudiantes presentan trabajos técnicamente correctos, resuelven exámenes escritos con aparente solvencia o entregan respuestas impecablemente redactadas. Sin embargo, cuando deben defender esos mismos contenidos en una instancia oral, explicar con razonamiento o responder preguntas complementarias, aparecen enormes dificultades para demostrar que realmente comprendieron aquello que presentaron.

No se trata de un problema de la inteligencia artificial. Se trata de un problema del aprendizaje.

La IA puede ofrecer respuestas. Lo que no puede hacer es reemplazar el proceso intelectual mediante el cual una persona comprende un fenómeno, relaciona conceptos, desarrolla criterio profesional y aprende a tomar decisiones frente a situaciones nuevas.

En disciplinas como la química, esa diferencia resulta determinante. Quien ejerce una profesión vinculada con las ciencias químicas no trabaja respondiendo preguntas de memoria. Analiza procesos, interpreta resultados, evalúa riesgos, aplica normas, identifica variables y, muchas veces, debe tomar decisiones cuyo impacto alcanza a la salud de las personas, al ambiente, a la producción industrial o a la seguridad de una comunidad.

En esos escenarios no alcanza con “tener la respuesta”. Es indispensable comprender por qué esa respuesta es correcta y cuáles serían las consecuencias si no lo fuera.

La inteligencia artificial constituye una herramienta extraordinaria para estudiar, ordenar información, comparar bibliografía, explorar distintas formas de abordar un problema e incluso estimular el aprendizaje. El riesgo aparece cuando deja de ser una herramienta para convertirse en un sustituto del pensamiento crítico.

La educación siempre ha evolucionado junto con la tecnología. Calculadoras, computadoras, simuladores, internet y plataformas digitales modificaron las formas de enseñar y aprender. La inteligencia artificial representa un nuevo paso en esa evolución y exige que las instituciones educativas revisen sus estrategias de evaluación.

Esta discusión ya dejó de ser una hipótesis para convertirse en una realidad. Días atrás, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una de las instituciones de educación superior más prestigiosas de América Latina, suspendió temporalmente su proceso de admisión tras detectar irregularidades y sospechas de fraude vinculadas al uso de inteligencia artificial en los exámenes de ingreso. Más allá de lo que determinen las investigaciones, el episodio demuestra que el desafío no es tecnológico, sino educativo: cómo preservar la integridad de las evaluaciones y garantizar que los resultados reflejen verdaderamente los conocimientos y las capacidades de quienes aspiran a convertirse en profesionales.

Quizás haya llegado el momento de valorar con mayor intensidad aquellas instancias que permiten verificar el razonamiento, la capacidad de argumentación y la comprensión profunda de los contenidos. Los exámenes orales, la resolución de casos reales, los trabajos de laboratorio y las situaciones problemáticas siguen siendo espacios privilegiados para evaluar competencias que ninguna herramienta tecnológica puede reemplazar.

El desafío tampoco consiste en prohibir el uso de la inteligencia artificial. Sería una batalla perdida antes de comenzar. El verdadero desafío consiste en enseñar a utilizarla con responsabilidad.

Un profesional competente deberá convivir con estas herramientas durante toda su vida laboral. Pero también deberá saber cuándo confiar en ellas, cuándo verificar la información que producen, cuándo detectar un error y, sobre todo, cuándo asumir personalmente la responsabilidad de una decisión.

La química enseña, quizás mejor que muchas otras disciplinas, que los resultados dependen de comprender los procesos. Dos sustancias pueden producir una reacción completamente diferente si cambia una sola variable. Del mismo modo, dos estudiantes pueden presentar exactamente la misma respuesta escrita, pero solo quien comprende el proceso que condujo a ella estará realmente preparado para ejercer la profesión.

La inteligencia artificial puede acelerar el acceso al conocimiento. Pero nunca reemplazará la curiosidad, el estudio, la experiencia, el juicio profesional ni la responsabilidad ética.

Finalmente, desde el Consejo Profesional de Química de la Provincia de Buenos Aires consideramos que la incorporación de nuevas tecnologías debe ir acompañada de una formación sólida, pensamiento crítico y compromiso ético. Porque, al fin y al cabo, la tecnología puede ayudarnos a responder preguntas. La formación profesional, en cambio, debe prepararnos para enfrentar problemas que todavía nadie ha sabido responder.